En España, la pintura religiosa del siglo XVII, denominado Siglo de Oro, dejó para la posterioridad multitud de obras de grandes maestros: Velázquez, Zurbarán, Murillo… Todos ellos contribuyeron a consolidar la fe de muchos católicos, que en su mente identificaban a Jesucristo, los santos y mártires con las figuras que aparecían en los cuadros. No obstante, el arte pictórico religioso, en España, no se circunscribe a la referida etapa. En el siglo XX, Salvador Dalí (1904-1989) plasma en óleo sobre lienzo una hermosísima e impactante imagen de Jesús crucificado: el Cristo de San Juan de la Cruz (1951).

Entre 1940 y 1948, Dalí estableció su residencia en los Estados Unidos. Las pruebas de armas nucleares y el lanzamiento de la bomba atómica le impresionan sobremanera y hacen que su óptica y filosofía vitales experimenten un giro extraordinario, desarrollando una irrefrenable pasión hacia el misterio religioso. El artista denominó a este sentimiento “misticismo nuclear”, reconociendo en él la fusión perfecta entre ciencia y fe. El catalán define este misticismo como “un arma extraordinaria”, pues se trata de “la intuición profunda de lo que es, la comunión  inmediata con el todo, la visión absoluta por la gracia de la verdad, por la gracia divina.” Si bien en esta etapa destacan obras como Leda atómica La Madona de Port Lligat, es el Cristo de San Juan de la Cruz (1951) el que representa la creencia elemental que sustenta la fe católica: la muerte y resurrección de Cristo.

¿Cómo es posible que Salvador Dalí, blasfemo, transgresor, irreverente genio universal, que llegó a exclamar “¡El surrealismo soy yo!” en pleno éxtasis de divismo, pintara este Jesús crucificado? Dalí es libertad, universo onírico traducido al lenguaje de las Artes, revolución y osadía llevadas al extremo. Fantasía expresada a través de una paleta de colores, cual poema imaginario henchido de paranoia y deseo. Lo cierto es que Dalí se inspiró en un dibujo de San Juan de la Cruz (1542-1591) conservado en el convento de la Encarnación de Ávila. A petición de Santa Teresa, San Juan fue nombrado confesor de las religiosas carmelitas y durante su estancia en la ciudad dibujó sobre papel un pequeño Cristo crucificado, que aún hoy se conserva en el convento.

 

A la izquierda, la obra de Dalí. A la derecha, el dibujo original de San Juan de la Cruz.

 

Cuando Salvador Dalí contempló el dibujo del santo, quedó tan impresionado que volvió a verlo en un sueño mientras escuchaba una voz que le decía: “Dalí, tienes que pintar ese cuadro”. En otro sueño, el pintor conversa con Jesús, quien le indica que debe acercar su figura y su mensaje a los hombres a través de la belleza, y no por medio del dolor.

El catalán, entonces, huye del lema “A mal Cristo, mucha sangre”, que se refiere a la estrategia que utilizan los malos artistas de temática religiosa para camuflar su torpeza: acudir al exceso de sangre para llamar la atención de los fieles. La idea inicial de representar la sangre con claveles rojos y jazmines, al estilo de Zurbarán, es sustituida por un modelo más sereno. Dalí concibe la obra a partir de dos figuras geométricas: un triángulo y un círculo en su interior, que remiten a la estructura del átomo al tiempo que simbolizan el misterio de la Santísima Trinidad: un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El lienzo, cuyas medidas son 205 x 116 centímetros, se conserva en el Museo Kelvingrove, en Glasgow, reino Unido. Muestra a Jesús crucificado, sobre fondo oscuro y desde una perspectiva cenital (visto desde arriba). La pincelada es tan delicada, tan extremadamente fina, que bien pudiésemos asegurar encontrarnos ante una fotografía y no una pintura. Dalí realiza una exhibición de su dominio del escorzo, hasta tal punto que parece que la cruz va a salirse del lienzo. En el madero, en lugar de la leyenda INRI (Iesus Nazarenus Rex Ivdaeorum, “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”), se ha colocado una sencilla hoja de papel en blanco. Los brazos de Cristo se arquean por el peso del cuerpo y la musculatura se marca al detalle. La cabeza (una observación: el cabello de Jesús es corto) impide visualizar el cuerpo, dirigiendo la mirada del espectador hacia la base de la cruz. En la parte inferior del lienzo se muestran las tranquilas aguas de la bahía de Port Lligat, donde dos pescadores se afanan en su tarea. El pescador de la izquierda se inspira en los personajes de La rendición de Breda (1635), de Velázquez, y el de la derecha en los muchos campesinos que pintó Le Nain. Entre el crucificado y la bahía flota una lengua de nubes iluminadas por el resplandor que irradian Jesús y la cruz.

Salvador Dalí, posando junto a su Cristo de San Juan de la Cruz

 

Jesús es hombre y es el Hijo del Hombre, Aquél a quien el Todopoderoso entregó todo su amor. El Cordero de Dios se nos muestra desde una posición cuasimágica y ultraterrenal y, al mismo tiempo, su humanidad es absolutamente desbordante. En la obra se alían lo mortal y lo inmortal, como dos caras de una misma moneda. Abajo y arriba, tinieblas y esperanza, carne y espíritu. Los ingredientes de esta dualidad se enfrascan en un diálogo silencioso, roto por el grito de la Resurrección. La noche oscura del alma, inmersa en soledad y penumbra, es vencida por la luz que invita a caminar hacia la vida eterna. Después de beber el cáliz amargo, Cristo Redentor nos ofrece la dulce ambrosía de la Resurrección.

Es soberbia la concepción de un crucificado más cercano a la armonía del Renacimiento que al dramatismo del Barroco. Más apolíneo que dionisíaco, Jesús está vivo, es un cuerpo etéreo que levita sobre la dimensión terrenal para adentrarse en la dimensión espiritual. No hay heridas en su cuerpo, no hay corona de espinas ni clavos que atraviesen sus manos y sus pies. La paz envuelve a quien admira el cuadro porque la ambición estética de Dalí era la contraria a la de la mayoría de pintores modernos, que interpretaron a Jesús en la cruz en el sentido expresionista y contorsionista, provocando la emoción por medio de la fealdad. La principal preocupación del artista era “pintar a un Cristo bello como el mismo Dios que él encarna”.

Quizás algunas personas no entiendan esta representación de Jesús crucificado porque están acostumbradas a una iconografía más retorcida y sangrienta. Sin embargo, la Pasión y Muerte de Nuestro Señor es sólo la antesala de la vida eterna, donde la luz recibe a las almas que acceden a la Eternidad. El fuego invade la obra de Dalí  y escapa de los límites del lienzo, porque es el brillo del triunfo de la Vida sobre la Muerte: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12-20).

 

BIBLIOGRAFÍA Y PÁGINAS WEBS CONSULTADAS PARA LA OBTENCIÓN DE IMÁGENES

 

María Teresa Domínguez Rodríguez

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